viernes, 7 de agosto de 2020

07/08/1922: La plaza de la Leña pasa a ser la de Santiago Ramón y Cajal


Una de las peculiaridades del callejero soriano es que algunas calles y plazas llevan nombres de ilustres personajes a quienes se les quiso homenajear en su día dedicándoselas, pero todo en vano pues por regla general los nombres originales se resisten a desaparecer generación tras generación por un sentimiento conservador prácticamente atávico. Un ejemplo típico es la plaza de don Ramón Benito Aceña que todos llamamos de Herradores o la de Ramón Ayllón que es el nombre oficial de la plaza del Carmen, y eso con grandes prohombres que si nos fijamos en los nombres de políticos que un día bautizaron nuestras calles, ensalzados en su momento y denostados después, la lista sería interminable. Eso se debía al sincero sentir de nuestros ediles que quisieron homenajear a grandes personajes, lo fueran o no, pero también al ánimo de considerar antiguos y desfasados nombres que aludían a una Soria rural, gremios antiguos o las actividades o mercados allí celebrados.

Sin embargo uno de los pocos ejemplos que se impuso y que ha logrado asentarse llevándose prácticamente al olvido el nombre original es el que trataremos hoy. En la Soria antigua, cada plaza solia estar especializada en una actividad mercantil concreta y la de la Leña era el espacio donde los vendedores de este combustible y por extensión, de cisco y carbón, acostumbraban a vender sus productos.

Tal día como hoy de 1922 el consistorio soriano decidió homenajear al ilustre científico Santiago Ramon y Cajal dedicándole este espacio urbano céntrico y frecuentado donde ya existían viviendas y comercios. En principio el nombre no prosperó pero poco a poco y quizá como sincero homenaje del pueblo a quien fue premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1906, el nombre original fue olvidándose y sustituido por el actual y aunque nadie use ya el nombre de “plaza de la Leña”, seguro que los que pasan la cincuentena recuerdan haberlo oído a sus mayores, igual que los de plaza del Trigo o del Chupete.

Tarjeta postal de la plaza de Ramón y Cajal hacia 1930, autor desconocido, colección particular.


jueves, 6 de agosto de 2020

06/08/1932: Libertad de expresión.


Por oposición radical a la dictadura franquista, hoy puede darnos la impresión de que la Segunda República española fue un periodo de libertades absolutas pero hay que reconocer que aunque fue un sistema democrático y constitucional que garantizaba muchos derechos y libertades como el de expresión o prensa, también tuvo sus claroscuros y no fue raro que los diferentes gobiernos republicanos tuvieran que recurrir en más de una ocasión a la censura de los medios de comunicación críticos con el régimen, cuando no a la sanción, el secuestro de la edición o la suspensión, y hasta a las amenazas a los periodistas, que en algunos casos fueron encarcelados.

         Eso sí, hay que reconocer la ecuanimidad de sus criterios pues esa censura se aplicó a la prensa de toda tendencia y condición, y aunque el monárquico ABC fue de los más perjudicados, también hubo para la prensa nacionalista vasca, revistas de información general, prensa deportiva y, claro, prensa provincial.
         Una de las primeras cabeceras que sufrió la censura de las autoridades republicanas fue el entonces semanario soriano: “Hogar y Pueblo”, un periódico de tendencia católica con una línea editorial claramente beligerante contra el gobierno al que atacaba, a veces realmente con poco fundamento, sin embargo parece que fueron una serie de artículos de opinión, recogidos en las semanas previas, sobre una conspiración comunista contra España lo que causó el disgusto de las autoridades que, tal día como hoy, dispusieron la orden de suspender la publicación y que se hizo efectiva hasta el 7 de septiembre.
         Medidas semejantes también se aplicaron días más tarde a “El Avisador Numantino” y a muchas otras cabeceras de todo el país y, aunque su análisis crítico se escape a esa sección, hay que reconocer que cuesta mucho conceder legitimidad a un régimen político que impide la crítica su gestión.

La ciudad de Soria en 1932 vista desde el Castillo.
Tarjeta postal de autor desconocido, col. particular.


miércoles, 5 de agosto de 2020

05/08/1411: Sobre las dudas del origen del castillo de Serón.


Un problema muy común de los historiadores suele ser la datación de los monumentos histórico artísticos, algo demasiado frecuente pues pocas veces se cuenta con documentación fiable que permita dar una fecha concreta y, a menudo, hay que recurrir a detalles constructivos, decorativos o comparaciones estilísticas, y aunque parcialmente también se tenga en cuenta la tradición oral, las leyendas o la propia toponimia de cada lugar, con frecuencia las costumbres locales se oponen a los criterios más técnicos generando cierta controversia entre los del pueblo, (pues ¡quién lo va a conocer mejor!) y la gente con estudios (¡qué sabrán los forasteros!).

         Algo así ha pasado durante mucho tiempo con la fortaleza de Serón de Nágima donde quedan los restos de un importante castillo, lamentablemente cada vez en peor estado, cuyos orígenes se han basado tradicionalmente en época musulmana al conocer que en determinados momentos de ese periodo histórico esta zona fue en varias ocasiones "campo de batalla", y estuvo dotada de construcciones y fortificaciones militares de esa época. Si a eso le unimos el análisis de sus técnicas constructivas que recuerdan a algunas fortalezas andaluzas o marroquíes, la opinión parece o parecía unánime, y seguro que todos hemos leído en algún sitio que el castillo de Serón era musulmán. Sin embargo hay indicios que apuntan la posibilidad de que esta construcción tenga un origen bastante posterior.
         Conocemos algunos documentos y datos que nos hablan de la villa y lugar de Serón al menos desde el siglo XII pero referenciando siempre una población, no una fortaleza, algo que no aparece hasta la efeméride que tratamos hoy cuando el infante Juan, futuro rey Juan II de Castilla, vendió el señorío de Serón y su castillo a Sancho Sánchez de Rojas, obispo de Palencia. En este documento fechado en Ayllón el 5 de agosto de 1411 dice: «Fago vos merced e donacion de la my villa de Seron con su alcazar e fortaleza e casa fuerte, e con todas su tierras e terminos, e aldeas e vasallos, cristianos e judios e moros, quantos oy dia ay, moran e morasen de aquí adelante... E de todo derecho que yo he o devo aver e me perteneze o debe pertenezer, en qualquier manera e por qualquier rrazon, en la dicha villa e alcazar e tierras». Sabemos que su anterior propietario, Lope Fernández de Padilla, disfrutaba del citado señorío desde 1475 y que entonces no se citaba fortaleza alguna lo que nos hace pensar que entre estos treinta y seis años el citado Lope mandó construir el castillo.
         A falta de otros documentos que puedan salir a la luz, la confirmación o no de esta hipótesis solo será posible a través de la arqueología, algo que lamentablemente no se tiene proyectado ni presupuestado a medio ni largo plazo. Mientras tanto conformémonos con la investigación bibliográfica y con los estudios como los de Ignacio Javier Gil Crespo en el artículo Interpretación constructiva de la fábrica de tapia de tierra del castillo de Serón de Nágima en «Castillos de España» nº º73-174 (Edita AEAC, Madrid, diciembre 2013) que desarrolla el análisis de esta fortaleza.

Castillo de Serón de Nágima hacia 2015, autor Carles de Escalada.


martes, 4 de agosto de 2020

04/08/1833: El pregonero.


Aunque en la actualidad este nombre nos evoque connotaciones festivas propias del primer día de las fiestas de San Juan, el de pregonero fue uno de los oficios públicos menores pero fundamentales en las sociedades antiguas, tan importante entonces como anacrónico hoy.

         Probablemente su origen sea tan antiguo como la propia Soria y uno de ellos, Martín Pregonero, se documenta en el Censo de 1270 como vecino de la cuadrilla de Santo Tomé. Su regulación como oficio público venía determinada en el Fuero en los Títulos V y XII o XLVI donde se especifica que eran nombrados por el juez y el alcalde en un número suficiente a las necesidades, cuya misión es la pregonar el vino, anunciar cosas perdidas o halladas, así como de todas las funciones que sean propias de su oficio. Deben jurar fidelidad al concejo y no cobrar más que lo estipulado cuando presten un servicio a un particular, pues aquello que tomaren de más deberán devolvérselo doblado a ese mismo particular y serán expulsados del oficio para siempre sin poder llegar a ocupar otros cargos concejiles. En cuanto a su salario, el Fuero dice que por pregonar la pérdida de una bestia, que por su pregón fuera hallada, recibirá dos dineros y por el moro encontrado cuatro, pero si pese al pregón no se encuentra lo perdido, el dueño de la bestia o del moro deberá abonarle la mitad de lo que le diera si apareciese. Por pregonar la venta de un heredamiento se le darán dos dineros, por pregonar una misa u otros asuntos se le darán cuatro dineros, por la venta de una cuba de vino deben obtener como mucho una redoma de ese vino o su valor económico.
         Sin embargo los nuevos tiempos trajeron nuevas formas de anuncios y comunicación. Por ello, el tradicional oficio de pregonero –o pregoneros que llegó a haber varios- perduró en la vida pública soriana hasta que en la sesión de 4 de agosto de 1883 el Ayuntamiento acordó suprimir su función y sería sustituida por la publicación de edictos que se colocarían en determinados lugares de la población.
         Entre sus retribuciones, que debían ser más bien escasas, no se sabe si desde siempre pero al menos desde el siglo XVII la Ciudad les cedía una vivienda que, está documentando, de las varias que se dispusieron en algún caso estaba en un emplazamiento compatible con la actual ubicación del callejón del Pregonero, aunque no fue la única vivienda. Hay noticias del Catastro de la Ensenada (1752) que indican que entonces la Ciudad era propietaria de varias viviendas y entre ellas una junto a la dehesa de San Andrés, cuadrilla de San Juan, que servía de vivienda al pregonero y según el Catastro de la Ensenada (9848-682-319, referencia cedida por José Ignacio Esteban Jáuregui), otra en la cuadrilla del Salvador en la «calle de Santa María que ahora llaman del Pregonero».
Casa antigua en la esquina del callejón del pregonero con Santa María, hoy terraza bar el Templo, en un recorte de prensa de autor desconocido en un Diario de Soria de 1991.


lunes, 3 de agosto de 2020

03/08/1850: Constitución de la comisión pro plaza de toros de Soria.


En estos mediados del siglo XIX la celebración de los espectáculos taurinos y corridas de toros había cambiado muy poco desde la Edad Media y seguían celebrándose en el coso de madera desmontable que se ubicaría en varias plazas como la Mayor y quizá en otras como en la de Herradores. Pero, desde hacía ya unos años, una de las demandas más firmes de la sociedad soriana era la de que el Ayuntamiento construyese una plaza de toros algo que, este año y siendo conscientes del dinero tirado que suponía la licitación del montaje y desmontaje de la plaza de toros de madera, nuestros ediles comenzaron a considerar seriamente.

         Finalmente y tras largas deliberaciones, el 3 de agosto de 1850 se constituyó una comisión municipal cuya principal decisión sería la de elegir entre dos emplazamientos cercanos, el del antiguo convento de Nuestra Señora de la Concepción (lo que hoy más o menos corresponde al colegio de las Escolapias) o el de San Benito, que fue el emplazamiento definitivo. Ambos conventos contaban con la ventaja de que estaban arruinados desde 1812 y la piedra de sus ruinas serviría de cantera para la nueva obra.

Plaza de toros desmontable de Almazán delante de la iglesia de San Miguel en 1918, con un aspecto muy similar que tendría la de Soria en la primera mitad del siglo XIX.
Imagen de autor desconocido, JCYL AHPSo 14546 fondo Francisco Rupérez.


domingo, 2 de agosto de 2020

02/08/1572: La elitista cofradía de Nobles Caballeros de Santiago.


Desde al menos hacía cuarenta años, probablemente desde mucho antes, y al igual que los vecinos del Común celebraban la fiestas de San Juan o de la Madre de Dios, los hidalgos de la Diputación de los Doce Linajes de Soria ya celebraban una festividad exclusiva para su estado en la jornada de Santiago apóstol con la tradicional corrida de toros y actos religiosos celebrados en el monasterio de Nuestra Señora de Gracia, aunque estos últimos había ido decayendo hasta desaparecer, convirtiendo la jornada en un fiesta de los hidalgos, sin ningún carácter religioso.

         Aunque ya existía una cofradía de hidalgos -la de Santa Catalina-, en 1572 un reducido grupo de esos caballeros decidió constituir otra cofradía de nobles caballeros hidalgos sorianos que, bajo la advocación de Santiago, sería de acceso más restringido y dedicada a promover la formación de un grupo selecto de caballeros para que, a través de una serie de actividades físicas y ejercicios militares, pudiera estar siempre listo y preparado para servir al rey con sus armas.
         Es una conjetura, y no hay datos para demostrarlo, pero por diferentes indicios parece probable que un sector de los Linajes, formados por caballeros con orígenes hidalgos desde hacía generaciones, buscaba constituir una “élite de sangre” dentro de la institución a la que en las últimas décadas habían accedido comerciantes o ganaderos enriquecidos y hasta descendientes de conversos, algo difícil de entender por los sectores más tradicionales o elitistas de la institución ya convertida en un grupo oligárquico de ricos más que de nobles.
         El 2 de agosto, en su sede de la capilla de Santiago de la colegiata de San Pedro (existía en Soria todavía una parroquia dedicada al santo pero entonces formada por muchos judeoconversos, por lo que no estarían muy cómodos allí y eligieron la capilla de la hoy concatedral) perteneciente a Bernardino de Morales, unos de los caballeros fundadores, acordaron el reglamento definitivo que incluía los requisitos de los cofrades que debían ser caballeros, vecinos o propietarios con bienes en la ciudad o en su Tierra y no desempeñar oficio manual, algo tan inconcebible que, de ser sorprendido, acarrearía su expulsión y la prohibición de ingreso a sus descendientes. En cuanto a sus obligaciones, los cofrades se comprometían a asistir a los ineludibles actos religiosos y a restablecer el ejercicio de la práctica de la Caballería, lo que llevaba obligatoriamente implícito la posesión de un caballo con el que practicar ejercicios, juegos, desfiles, acompañamientos de autoridades y espectáculos públicos, y no había eximente para la obligatoria asistencia a los actos religiosos.

         Salvo a los interesados, la fundación de aquella cofradía tan elitista no gustó a nadie, ni al Común ni a los caballeros de nobleza menos antigua pues se sentían desplazados, lo que causó serios enfrentamientos entre todos. Al final y cuando los ánimos estaban más caldeados, en el verano de ese mismo año una real cédula de Felipe II vino a solicitar que en las ciudades se constituyera precisamente eso, agrupaciones de carácter militar y caballeresco a modo de “servicio militar” de los nobles. Pero de eso, de la solución salomónica adoptada que no satisfizo a nadie y de su efímera vida, hablaremos otro día.

Vista del lado norte de la Concatedral de San Pedro (2009) desde las laderas del Mirón.
Autor Alberto Arribas.


sábado, 1 de agosto de 2020

01/08/1932: Manuel Azaña en Soria.


El 1 de agosto de 1932, siendo presidente del Consejo de Ministros el escritor, periodista, político y futuro residente de la IIª República española don Manuel Azaña Díaz realizó una visita privada a Soria que podría calificarse como de carácter turística y le causó una serie de sensaciones que recogió en sus diarios, y que bien pueden servirnos hoy para entender la impresión de algunos destacados puntos sobre la provincia a un visitante, hace casi noventa años.

         El primer lugar que conoció fue Medinaceli donde, sería por llegar a la hora de la siesta, nos ofrece una sensación un tanto desolada y desértica: «Una vieja en la puerta del convento de monjas, unos gañanes durmiendo la siesta al pie de un árbol, en las afueras, y una niña llorando, en el pórtico de la iglesia, fue toda la gente que encontramos. Al entrar en la iglesia, el visillo de un balcón en la casa frontera se levantó un poco. Eso fue todo. No queda apenas nadie en el pueblo. Una antigua casa en la plaza principal se ha vendido hace poco en trescientas pesetas. No hay agua».
         De allí marchó hasta Soria donde fue recibido solícitamente por el gobernador civil del que destaca que es «Mestre en gay saber», y que le llevó a visitar «todo lo visitable», incluyendo un campo de aviación (probablemente el de Los Negredos en Garray) al que el gobernador dio más importancia que a cualquier otra cosa, pero en el que Azaña, resignado, no vio más que el terreno que «tuve que verlo y admirarlo».
         Después fue conducido a Numancia que «me chasqueó un poco», probablemente decepcionado por no ver más que ruinas, si bien destaca la belleza del paisaje triste, frío y dorado donde «La épica Castilla está aquí muy en los huesos», y ofrece algún comentario sobre el estado de abandono y el carácter soriano que resultan ciertamente exagerados: «Hay algún pueblo de esta provincia en el que ya no queda más que un vecino, muy viejo, que por viejo prefiere morirse solo en el pueblo donde nació. Me cuentan que hay docenas de aldeas en las que aún no se conoce la rueda. El erudito local, encargado del museo, [probablemente se refería a Blas Taracena] me entretiene largamente con el resultado de sus exploraciones en el país».
         De su visita a San Juan de Duero recuerda, más que cualquier cualidad artística, la presencia en la puerta de «…un mendigo fabuloso. Nos miró, no se movió, le alargué una limosna, no la recogió ¿Qué tenía? ¿Vino, hambre, sueño? Allí se quedó, rascándose la pelambre rubia entrecana. Me lo habría traído a Madrid para que me contase su vida; de seguro es más interesante que al de cualquiera de nosotros». De allí, aquella misma tarde, marchó a Burgos.

Extraído de los Diarios de Manuel Azaña (Diarios completos. Monarquía, República, Guerra Civil, edición 2000 con introducción de Santos Juliá).

Retrato al óleo de Manuel Azaña por Enrique Segura en la exposición “Manuel Azaña y la Segunda República” celebrada en el palacio de la Audiencia de Soria en marzo de 2013.